Siempre llegan tarde. Unos veinte minutos después de la hora prevista veía aparecer el pequeño Seat negro de Jorge. Ángeles me saluda dando saltos desde el asiento del copiloto. Odio profundamente cuando hace eso. Un semáforo demora aún más la espera. Respiro profundamente. Hoy no quiero líos. Una canción de Metallica me da la bienvenida mientras le doy un beso a ella, aprieto las manos de él y me lanzo a la parte trasera del coche. Fabuloso, ahora sólo tengo que soportar media hora de un grupo que no aguanto, a un volúmen que no tolero, con los comentarios analíticos de un fan como Jorge y los espasmos de Ángeles emulando al batería.
Pero no podía evitar pensar que eran buena gente. Conocí a Ángeles a través de carta, en una de esas revistas que juntaba, sin criterio, toda la música no comercial que incluyese gente vestida de negro. A pesar de nuestras diferencias y por eliminación nos hicimos íntimos muy pronto. Era una chica muy delgada, casi sin pechos. Vestía siempre con camisetas de grupos de talla grande y sus gafas parecían nunca estar en su sitio. Jorge, por contra, era de constitución grande. Sus camisetas desgastadas recortadas a mordiscos y una pulsera de pinchos oxidados formaban parte de su exoesqueleto. No hablaba mucho, salvo cuando el tema de la conversación fuera su grupo favorito, pero inspiraba confianza y seguridad en lo poco que decía.
Aparcamos sin dificultad a pocas manzanas del Infierno. ¿Por qué coño seguimos yendo a un local con un nombre tan estúpido?. Saludamos al portero, bajamos las escaleras y nos sentamos en la primera mesa que vimos libre. No había terminado de beber mi primera cerveza cuando Sandra llegó gritando a nuestro encuentro. Me levanté y fui a pedir otra ronda. La música era insoportable. Pensé en hacerle un pequeño comentario al dueño pero no podría soportar otra diatriba sobre el “heavy español de los 80″ y decidí volver junto a los demás.
Sandra y Ángeles no dejaban de hablar. ¿De qué? Ni idea. Jorge por su parte comenzaba su viaje particular al que no me había invitado por lo que decidí hacer una corta visita al baño. A las dos horas ya estábamos lo suficientemente borrachos como para ver con buenos ojos al resto de la clientela del bar, en su mayoría viejas glorias, turistas y algún que otro grupito de niños ávidos de experiencia.
Noté una mano acariciándome la pierna. Sandra esculpía deseo con sus preciosos ojos marrones. Me dijo que haría lo que fuera por mí. Se remangó la camiseta, rompió una botella contra la mesa y con uno de sus cristales dibujó varias líneas en sus brazos. La sangre goteaba mientras Jorge seguía perdido en alguna isla de su mente y Ángeles charlaba animosamente con un grupo de blackers al otro lado del bar. Agarré sus brazos con fuerza y fuimos al baño de chicos. Hicimos el amor entre charcos de orina, excrementos y papel de váter. Antes de salir enrollé mi último billete.
Poco después íbamos los cuatro de regreso a casa. Era el primero en bajarme. Sandrá trató de darme un beso de despedida. Aparté la cara. No soporto las despedidas. En la mayoría de los casos implica que volveremos a coincidir. Agasaje el hombro de Jorge y acaricié el pelo de Ángeles antes de poner los pies fuera del coche.
Me tumbé en la cama sin desvestirme.
[After all is done, and we're still alone]
Abrí el cajón de la mesa de noche.
[I won't be taken, yet I'll go...with my hands bound]
No hizo falta buscar mucho.
[I will walk...with my face blood]
Tragé varias pastillas al azar.
[I will walk...with my shadow flag]
Conecté mi walkman y esperé.
[Into your garden, garden of stone]