Hace dos jornadas, pocos minutos antes de disputar el partido, mantuve una pequeña charla con el entrenador del equipo rival. En ella me hizo una afirmación y una pregunta que me dejaron dubitativo, a saber: “Tienes muy buen equipo” y “¿Por qué no juegas en Primera?”. Lo que a priori se presuponía como la típica conversación inocua de entrenadores de formación antes de un partido me llevó a reflexionar en casa sobre las circunstancias de tales comentarios.
La pregunta es de fácil respuesta: No me gustan las ligas donde juegan equipos “Monopoly”. En el caso que me pareciera lícito compremeter la formación de jugadores en pro de su valor mercantil me vendría a la mente otra de mis máximas como entrenador tinerfeño: Tratar de conseguir el mayor número de jugadores de baloncesto canarios que pueda. Asi que obviando la triste realidad de las ligas canarias me decanto por la única opción que resta, salvo que algún día se decida ahondar en el tema de forma federativa, que es jugar en Segunda División. Y con la cabeza bien alta, que conste.
Pero lo más interesante es lo de “Tienes muy buen equipo”. Cuando se presentó la temporada nadie hubiese presagiado un inicio de liga tan abrumador (con cinco victorias consecutivas con tanteos muy elevados a favor) ya que la baja repentina de 3 jugadores, la marcha de otros tantos y la incoporación de nuevos jugadores de distintos equipos (Canarias, Luther King y Nuryana) así como 2 chicos que nunca habían practicado baloncesto había puesto una nube de incertidumbre sobre el trabajo que se podría desarrollar como cadetes de segundo año.
El Torneo del Cristo fue el punto de inicio de una actitud positiva que los actuales 11 jugadores de la plantilla han asimilado como una constante más en sus vidas. En muy poco tiempo todos parecían conocerse desde siempre y su “buen rollo” fuera del campo lo trasladaron paulatinamente a su juego dentro de la pista aceptando sus roles y dándolo todo por el conjunto.
Una anécdota puede servir como ejemplo. En un tiempo muerto uno de mis jugadores no sabía explicarse y cada palabra hacía confundirme aún más, dudando ya de sus capacidades para seguir en el partido, por lo que decidí sustituirle. El jugador que ocupó su puesto, nada más sentarse delante de mi pizarra, me explicó qué quería explicar su compañero y, gracias a eso, volvió éste a la cancha y completar un buen último periodo. Es inusual ver cómo un jugador es capaz de ceder su puesto a otro en estas categorías.
En este punto, cuando veo cómo se apoyan los unos a los otros, me siento orgulloso de formar parte de este grupo humano. Muy posiblemente no somos los mejores jugadores de la categoría pero no cabe duda de lo que sí somos: UN EQUIPO.
Gracias chicos por hacerme creer cada día en este deporte. Sois mis “Bad Boys”.







